Pero luego se me pasa
Vanilla no sabe mentir. Esto puede ser una virtud. También un defecto, como por ejemplo ahora. Ella, la maldita Sivé que le conoce mejor que él mismo, lo sabe y lo aprovecha. Esta vez no dará rodeos, porque son inútiles y cansinos, y no tiene muchas ganas. Además, siempre que alarga las respuestas comprometidas se pone colorado, y luego tarda un montón en reponerse. Así que atraviesa el silencio de una carrera, rápido y tajante:
- Sí.
[...]
- Pero luego se me pasa.
Sivé casi le regala una de esas mitades de sonrisa que él cree que separa para que no se le gasten. Casi. Pero no lo hace, se guarda esa mitad por si acaso le hace falta. Ladea un poco la cabeza, eso sí, pero no de sorpresa, porque esperaba una respuesta afirmativa. A lo mejor lo que le pasa es que no ha entendido del todo lo que ha dicho Vanilla después del monosílabo rotundo. O a lo mejor sí, porque no pregunta nada más.
María
Ahí está. Desnuda, de pie en el centro de la habitación, con los ojos brillantes y las ganas en los labios. Es bonita, sin duda. Quizás no la que más, pero hay algo en ella que la hace sobresalir entre aquellas otras chicas. Ella le mira anhelante, él niega despacio. Ella, perpleja, entreabre la boca para decir algo, pero no sabe qué y vuelve a cerrarla. Ha dejado de sentirse cómoda despojada de su ropa, y ahora encoge los brazos para cubrirse los pechos, pequeños y redondos, que ni siquiera han acabado de desarrollarse. Él se enciende un cigarro (aunque después no lo fumará), saca algo del bolsillo y se lo tiende. La inseguridad puede reflejarse hasta en el maquillaje de sus pestañas, pero se acerca, recoge el sobre y se viste. “Gracias” es lo único que se oye en todo ese tiempo.
Se cierra la puerta. A un lado, un policía divorciado con 70 euros menos en el bolsillo. Al otro, una puta menor de edad que hoy ha cobrado sin trabajar.
Pegasus

¡Ajá!
Vanilla corre y cuando llegan está sin aliento. Sivé va detrás, con los ojos brillantes. Brillan aún más al descubrir la sorpresa. Un tiovivo, uno de los de verdad. Y ahí está, es un caballo alado, blanco, precioso. Él la mira esperando su aprobación, y ella aprueba, claro que aprueba, con una gran sonrisa y una carcajada de niña pequeña.
Luego pedirá algodón de azúcar y tendrá que hacerlo él mismo, pero no creo que le importe.